Turbulence IIID, regalos en el avión. Historias para no dormir, el corto de Pixar.

Es Navidad. Mucha gente viaja a sus hogares para ver a sus familias y esas mierdas. Vuelo 7565. Palma de Mallorca - Barcelona. Es un vuelo muy corto. El avión está unos 20/25 minutos en el aire, no más. Nada, es un mini pajareo corto para el piloto. Se lo hace con la punta de la polla, si es que hace algo.
El despegue ha ido muy bien. A quién no le gusta un despegue. Es como eyacular por la boca (nadie ha entendido este símil, yo tampoco). Tal como se indica en las pantallas, el avión ya ha recorrido más de la mitad del trayecto. Hay mucha información sobre las distancias, la velocidad, el viento, la temperatura, mucha paja… Está muy bien. Los cacahuetes no están rancios. El cielo está precioso, despejado como el culo de una monea. Hace un día de 3 pares de cojones para que nos entendamos. Pero a pesar de eso algo súbitamente ha ido mal, muy mal. El avión empieza a caer en picado hacia la inmensidad del mar. La cosa se pone fea. Se enciende la luz de abrocharse el cinturón de seguridad y se oye un ‘al loro’ por la megafonía del avión. Pero como en la lejanía. Como si se hubiera quedado el micro abierto por error, como si no fuera hacia los pasajeros. En fin, ahora sí, el piloto se comunica con los pasajeros explicando que se preparen para un amerizaje. Que busquen debajo de sus asientos, bla bla… La gente empieza a entrar en pánico, hay gritos, llantos, mucho desconcierto y caras jodidas. Los pasajeros buscan debajo de sus asientos y maldita sea mi estampa: todo el mundo tiene un MacBook Pro. Algunos incluso envueltos en papel de regalo. La gente sigue buscando, desenvolviendo regalos de Navidad, a ver si aparece un puto chaleco salvavidas por alguna parte. Pero no, sólo hay MacBooks Pro de 2,6 gigaherzios con cuatro núcleos en 15 maravillosas pulgadas. Mis muertos a caballo. El avión está a punto de reventar contra el mar cuando se oye por los altavoces: “SORPRESA! Feliz Navidad! Felicidades!”. El avión se endereza, vuelve a coger altura y en menos de 10 minutos ya está en el aeropuerto de Barcelona aparcando.
El piloto ha querido tener un detalle. Joder es Air Berlín. Hay pasta. Además nadie conoce el humor alemán. Se le perdona. Qué demonios! a nadie le amarga un dulce. Ese MacBook Pro no le sobra a nadie, nunca está demás un poco de tecnología punta a precio de paja. El monstruo de Amstetten ha estado mucho tiempo a la sombra. Ha tenido tiempo para sacar dos doctorados y el carnet de piloto. Quiere redimir sus pecados, sabe que no estuvo demasiado fino en el pasado, pero en el fondo es un tío cachondo, eso no se lo puede quitar nadie. Quién sabe con que nos saldrá por Pascua. Feliz Navidad pequeñuelos!

Universidad, kobala, maceto

Joder, me parece una auténtica putada y una jodienda enorme. Supongo que ya estaréis todos al tanto. Pero bueno, igualmente voy a hablar sobre ello. Me he levantado hoy dándole mucho al coco y me ha dado la impresión de que si no lo hago yo, no lo va a hacer nadie. Eh! que no sé, que quizá ya habéis hablado de esto y demás. Igual ya han corrido ríos de tinta sobre ello. Ya sabéis: cuando alguien tiene una idea, la expresa o tan siquiera osa pensarla, ya hay otra persona que ha tenido las demos de esa idea. El test pressing en vinilo de 145 gramos a 48 pulgadas. Ya lo escuchaba antes de los ensayos. Antes del concierto creación. Bueno qué os voy a contar que no sepáis. En fin, puntica y al lío: Me ha entrado un bajonazo muy gordo y me parece totalmente injusto que la gente ya no utilice el icono del koala en WhatsApp. Ahora han introducido todos esos animalitos nuevos más graciosos. El pollito que sale de un cascarón, los monos que se tapan la puta cara… eh! que hay hasta un gatito andando. Juego sucio. No es justo. Y el koala ahora parece una putísima mierda. Ha perdío tol fuelle. Una mierda pincháa en un palo. Es como un iPhone 3, vaya ascazo, ya nadie lo quiere ver ni en pintura ruspestre. Pero espérate que pasen unos años. Entonces todo son prisas para volver a tener un iPhone 3. El puto vintage de los cojones. Mi polla en un calamar al puto trote.

Ahora pongo aquí algo como de ‘cultura’, algo con ‘clase’, yo que sé, una pluma estilográfica firmada por James Bond. James Fonda.

First World Problems University powered by Vitali Pizzas y el ajedrecista de Yellowcard.

EQUIPO TEAM: RISKETOS

Estaré escribiendo algunas mierdas por aquí también, vamos, síguenos, no pierdas este puto tren: equipoteam:

Me comes los huevos por debajo del culo y luego, como de recompensa, como haciéndote ese favor, me cago en tu pecho, relames un poquito y me das las gracias y adiós.
Pero sí, eso sólo pasaba en sus mejores sueños. Los domingos por la mañana después de subir y bajar pieles en el puerto llevaba a…

10 months ago - 2

Ocre

He estado siguiendo una luz amarilla a juego con el ocre de tus ojos. Pisoteado toneladas de fango que ahora me anclan a un camino sin retorno e imantan mis piernas con basta gravedad. He drenado litros y litros de agua salada con mis manos. Éstas que un día tendí al sol y estallaron en mil pedazos aristados como el fin de una ballesta. Como el ocre de tus ojos.

Y he estado guardando piedras que lanzar a tu ventana. Sí, recuerdo aquel camino en el bosque que llegaba hasta tu casa por un sendero de cipreses. El lago oscuro que surcábamos reflejaba como un charco nuestra almas putrefactas. Aquellas que un día tendimos al sol y estallaron en mil pedazos aristados como el fin de una ballesta. Como el ocre de tus ojos.
 

Y el camino que trazaste ahora tiembla y se diluye en un agua muy espesa.
Y las líneas que pintaste ahora cesan y diluyen como el viento una tormenta.
Y las noches que robaste ahora tiemblan y discurren en una barca muerta.
Y aún que puedo recordarte ahora tiemblo y me diluyo como ácido en mis venas.

Puto loco

-Pues sí…
-Vaya tela el puto loco.
-Sí, sí.
-Es que siempre está igual.
-Hombre, a ver, lo de siempre no… Esta vez se le fue la chaveta ya cosa mala.
-Sí, se le fue bastante la olla la verdad…
-¿Pero tú sabes bien lo que pasó? Es que es muy bestia…
-Bueno, algo me han contado… Cuéntame, cuéntame, ¿tu estabas ahí verdad? 
-Sí, a ver, la movida es que se le piró la pinza a lo bestia. Ya llevaba toda la noche con lo de siempre, le patinaba bastante la verdad desde hacía horas. También hay que decir que el menda llevaba dos días sin dormir, pero bueno, todos los llevábamos… A lo que iba; el tipo cogió -estábamos todos sentados- y se sacó la polla. ¡No! No, perdón, ahora recuerdo; primero pidió un boli y un papel, muy muy loco. Alguien lo consiguió, lo sacaron de un bolso o algo, no recuerdo bien. Bueno, le dieron el puto papel y un boli porque no paraba de pedirlo bastante nervioso y lo quería y lo quería. Fue cuando ya lo tuvo que se sacó la polla y se cascó una paja, entonces estábamos todos ya muy bocas. Bueno, el tipo se la está cascando, y de repente, sin más, para de cascársela.
-¿Cómo? ¿Que se corrió? 
-Yo qué sé. No. Paró de cascársela y empezó a escribir a lo loco en el papel que le habían dado. Pero sin guardarse la polla ni nada eh. Royo números y movidas. Yo lo tenía al lado y ahí ya pensé que lo habíamos perdido para siempre, algo muy loco. Cuestión que paró de escribir y se quedó medio tranquilo, como dormido, muy borracho y al cabo de 20, 30 segundos empezó a sacar espuma por la boca.
-¡Madre mía! ¡Veeeeeenga! ¡Qué dices!
-Bueno, ahí ya nos cagamos del todo y alguien llamó a un ambulancia.
-¡Qué heavy!
-Bueno en el ambulancia algún médico vio lo que había escrito, pasó de un médico a otro, yo qué sé cómo fue… La cuestión es que el colega había escrito la cura contra el cáncer. Muy bestia. Muy sintetizado, pero la puta cura contra el cáncer, real. Jodido loco. Y ahora lo tienen atado en una habitación de esas acolchadas… Yo qué sé… ¿Te imaginas?
-Hombre tío, es que no es para menos. Yo siempre lo había dicho. ¿Qué no? ¿Te lo dije o no te lo dije? Ese hijo de puta estaba loco. No era trigo limpio.
-Ya te digo. Vaya puto loco chaval. 

Medalla de Oro

¿Por qué me gustaba tanto? Buena pregunta. Bueno, ya sabes, a parte de lo obvio: que estaba exagerada e insultantemente buena (y sí, tardé siglos en darme cuenta. Ya lo sé, ya, sólo lo descubrí de una vez por todas al desnudarla -A Dios Gracias-. Así de pájaro andaba esos días…). Bueno, pues a parte de eso, ya sabes, eran pequeños detalles, gestos que la hacían más humana que la mayoría de las personas que conocía.
A ver, que parece muy sencillo, pero yo no me di cuenta de esto de golpe.
La abrazaba desde atrás. Ella cogía mi mano derecha con la suya, la acompañaba hasta su pecho y apretaba con fuerza, como para que nunca la soltara… Ya ves, como si acaso pensara en hacerlo… Yo la besaba en el cuello, tras la oreja, donde podía oler su cabello y ella me miraba silenciosa por el rabillo del ojo… 

Me despertaba con el hombro izquierdo dolorido. Corría serio peligro de desencajarlo, o eso pensaba yo. El brazo lo tenía medio dormido de abrazarla así durante horas. Sin advertirlo me esforzaba extremadamente en no molestarla mientras dormía. Tenía que liberar mi brazo izquierdo, y lo intentaba sin despertarla. Muy suavemente, lo deslizaba hacia mi por el hueco que quedaba entre su cuello y la almohada. A la vez, retiraba lentamente mi cuerpo del suyo y mi mano derecha zarpaba (para mi disgusto) disimuladamente de su cuerpo; como un barco de papel en una bañera.
Pero era la ley de la selva, era eso o amputarme el brazo. Realmente quería conservar el brazo para más adelante. Así que, tras una espléndida y minuciosa ejecución conseguía despegarme y girarme hacia la pared para que la sangre pudiera correr de nuevo hasta los dedos de mi mano izquierda que ahora caía abatida como un pequeño animal muerto entre las sábanas.

El tema está en que si hubiera una disciplina olímpica de todo este asunto, creo de manera firme que podría competir profesionalmente en ello. Podría dedicarme a intentar no despertarla representando a mi país al rededor del planeta.
Pues bueno, aún así, aún cuando creía que ya lo tenía, que ella seguiría durmiendo sin advertir toda la maniobra de despegue, entonces, al cabo de no más de unos segundos notaba como su cuerpo se movía, se giraba y automáticamente se abrazaba al mío por la espalda. Su mano buscaba mi brazo y cuando lo encontraba yo le besaba en ella.
En esos momentos deseaba girarme de nuevo, besarla y volver a abrazarla mirándola. Y, en verdad, no tardaría mucho en hacerlo… 

Carrera de galgos

-Sí, tienes que escucharme. Tienes que creerme. Te he estado engañando.
Estamos en la cafetería. Ella, tras pedir su café con leche, juega con la cucharita. Juega a mover pequeños granos de azúcar de un lado a otro del platito, como en una carrera de galgos. Siempre lo hace. Probablemente nunca se da cuenta. Es un pequeño juego de los miles que tiene. La adoro por ello, pero nunca se lo digo. Me encanta cuando le cae algo de líquido en el platito, entonces el juego muta; prácticamente acaba. Su mirada cambia y se apaga. Antes intenta alejar los restos de azúcar del café pero no lo consigue, el azúcar se moja y luego la carrera se acaba de verdad. Es entonces cuando mira a su alrededor, está observando la pared. La mitad inferior es de madera y forma unas cenefas barrocas en su parte superior. Hacen una serie de curvaturas que ella sigue sosegadamente con su mirada. Me recuerda a cuando hacemos el amor. Presta mucha atención. Es una atención muy extraña porque al mismo tiempo no sabe lo que está haciendo, es una atención involuntaria, totalmente aleatoria, fuera de sí. Suelta alguno de sus soniditos, una especie de gemido ronco mientras la agarro de las muñecas, entonces se incorpora alargando su cuello y muerde con fuerza el mío. Escapo hacia atrás y retiro ligeramente mi pene hasta que desiste y vuelve con su cabeza a la almohada.
-Sí, lo siento. He estado viendo a otras chicas. Tú ya lo sabías. Así lo querías. Lo sabes.
Me pregunta si quiero tomar algo de nuevo. Niego con la cabeza. Entonces volverá a preguntar porqué no me gusta el café. Siempre lo hace. No me importa. Sé que lo hace porque estoy muy callado, estoy raro, ausente. Siento escalofríos en mi espalda y a ratos sobreviene una horrible estocada en el estómago. Es entonces cuando se lo digo.

Espejos.

Al fin y al cabo no era más que otro juego de espejos. Si me apretaras no te podría asegurar qué llevaba puesto en ninguno de nuestros encuentros. Sólo recuerdo una camisa holgada azul marina, sus maravillosos ojos azules y unas bragas rosas. El resto se lo quitó ella sola. Siempre tenía “problemas” para desnudarla. Ah, sí, el body negro transparente. Aquello fue otro día, otra historia. Como te decía era un simple juego de espejos. El espacio siempre se expandía, los personajes nunca se encontraban y al final del día no quedaba más que el botones en medio del Hall, echando la mirada al mostrador, al ascensor, al mostrador de nuevo y luego al reloj estilo victoriano postrado a la entrada del pasillo; las doce y cuarto, las tres en punto.

Espejos reflejando espejos.

Tiempo muerto

Aquellas Navidades en que viajamos al Este. La luna estaba algo cambiada, parecía otra, aparecía más cercana y se reflejaba clara en nuestra espalda. La recuerdo brillar en el azul oscuro de tu anorak, mientras nuestros pies -pesados de días febriles- nos conducían una vez más de vuelta al Hotel por adoquines desgastados marrón ceniza. Oíamos, entre las antiguas murallas, las voces de guerras pasadas y altos dragones multicolor abatían furiosos a la orilla del río entre el rechinar de espadas y corazas. Había nevado.

Recuerdo el color de aquella habitación; la 209. No en el que estaba pintada; blanco ¿verdad? No, me refiero al color que desprendía. Era un precioso tono pastel y olía a lluvia. Sí, olía a días pasados, aún cuando estábamos en el presente. Y siempre teníamos aquella dulce sensación de haber viajado en el tiempo. Que aquella locomotora soviética, justo en el momento en que entraba al túnel que atravesó aquella enorme montaña ocre, justo en aquel instante, nos transportó a otra era. Y en cierto modo puede que así fuera. Nos transportó a la época en que nos dimos cuenta de cuán frágiles eran nuestras máscaras de porcelana. Y como la piel se estiraba a cada minuto un poco más. Y como, por momentos, el tejido ya no cedía y rompía en mil pedazos de cristal formando pequeñas figuritas en el aire. Diminutas figuras de Swarovsky. Ahora un pájaro, ahora una ardilla, ahora un lagarto, ahora un tren. Y todos corrían y huían. Todos se evaporaban con la humedad, con el sudor de nuestros cuerpos cuando hacíamos el amor.
De alguna manera conectamos perfectamente con el degradado de las cortinas en aquella habitación. Las formaban 4 franjas de distinto tamaño: una, la más grande, arriba, azul claro, otra menor bajo ésta: naranja, y otras dos más pequeñas, pero de igual tamaño, abajo del todo: roja y negra. Y firmaban la habitación, y nosotros nos mimetizábamos en ella. Danzábamos como hamsters al son de aquel metrónomo cromático. Ese preciso ritmo rojo y negro. Rojo. Negro. Rojo. Negro. Naranja. Azul, y negro otra vez. Y de tu boca sólo despegaban aviones de papel; y de mis venas zarpaban frágiles barcos caoba. Y surcaban aquellos mares para nunca encontrar un faro. Y nunca lo encontraban. Pero aquel era nuestro juego.
Por las mañanas nos despertábamos y nos llamaba bien temprano el buffet del Hotel. Llegábamos ansiosos a desayunar, teníamos sueño y arrastrábamos los pies delante de mil bandejas repletas de embutidos, tostadas, mantequillas y yogures. Pero, por algún motivo, (creo que empezó como una broma) nos dio por desayunar aquella sopa oscura que cada día nos plantaban al final de la mesa, justo al lado de las frutas.
Al principio nos hizo mucha gracia su ubicación. No parecía tener lógica, pero luego nos dimos cuenta que tampoco tenía demasiada lógica tomar sopa para desayunar. En cualquier caso, acabamos tomándola. Hacía frío. Estaba nevado. Estábamos de broma y nos servimos la sopa. Y al día siguiente también. Y al otro. Y lo que el primer día parecieron estrechos fideos, al día siguiente parecían vegetales, y cada día fueron tomando una forma hasta convertirse en finos alambres de metal. Entonces quisiste llamar al maître, pero aquellos metales estaban en nuestras bocas desde mucho antes de desayunar. Y aquello era parte de nuestro juego. El juego de trabajar el metal. El fino arte de la orfebrería.

‘20

Quiero vivir en los preciosos años 20, ¿y quién no?. En Paris, salir con Hemingway, Porter, los Fitzgerald, Picasso, T. S. Eliot, reírme un poco con (o de) Buñuel y Dalí. Correr en pista ¡joder! Nada muy llamativo, yo que sé, ser Piet Ikelaar pero también escritor. Algo así. ¿Es mucho pedir? 
Qué va, es broma, sólo quiero un iPhone otra vez. Los putos iPhone